lunes, 1 de enero de 2024

Sobredosis de creatividad



El verano pasado escribí poco. Pasé los tres meses visitando a mi familia, quedando con amigos a los que hacía tiempo que no veía, paseando a mi perrita y viajando en coche con mi pareja. Viví muchas experiencias nuevas y fui muy afortunada de poder compartirlas con la gente a la que quiero. 

Mientras conectaba con todos estos sitios y personas, dejé el portátil totalmente de lado. Escribí un par de frases sueltas en papel y unas ideas en documentos de Word que ni siquiera llegué a guardar. Mi cabeza seguía maquinando historias, pero no me senté a darle forma a ninguna de ellas.


Hubo momentos en los que me sentí mal por no dedicar tiempo a la escritura. Sin embargo, es que no podía. De verdad. Si me colocaba delante del portátil o si sostenía un lápiz sobre el papel, cualquier idea que hubiera tenido se esfumaba. Eran tantas las ideas que revoloteaban alrededor de mi cabeza que me desorientaba y no sabía a por cual ir. A veces me lanzaba a por una, pero las demás seguían zumbando cerca y al final terminaba haciéndome un lío y no conseguía hilar nada.


Obviamente, esto hizo que me sintiera insegura. ¿Estaba perdiendo talento? ¿Es que ya no era capaz de poner por escrito lo que pensaba? ¿Había perdido esa habilidad por dejar de usarla? ¡Pero si habían pasado solo unas semanas! 


Mi primer impulso fue culparme a mí misma. Me dije que había sido muy vaga al no continuar con mi rutina de escribir y que por eso había perdido la costumbre. Pensé que quizá para solucionarlo necesitaba forzarme a escribir todos los días, aunque fuera solo una línea. Lo pensé, pero no lo hice. Al final dejé la culpa a un lado y tomé un camino más amable: en lugar de castigarme y forzarme, acepté que igual no era el momento de sentarse a escribir sino de salir a hacer otras cosas. Decidí que hay un tiempo para todo y que ya me ocuparía de escribir más adelante. 


Menos mal. 


Gracias a eso, pasé un verano genial y luego, una vez pasó todo el alboroto del verano y volví a la rutina, pude sentarme a la mesa y escribir. Al principio me sentía oxidada, pero también capaz. Era frustrante no tener la fluidez de siempre con las palabras, pero confiaba en que, poco a poco, todo ese barullo de ideas se iría desenredando.


Así fue. Ahora me siento mucho mejor al respecto y hasta tengo la motivación para afrontar viejos proyectos que había dejado sin terminar. Desde luego, algo de disciplina es indispensable para establecer una rutina, terminar proyectos y crear un hábito que ayude a impulsar la creatividad, pero también es importante reconocer y aceptar cuándo se necesita un respiro. 


A lo largo de mi vida he experimentado varios bloqueos por falta de ideas, pero nunca antes me había bloqueado por sobredosis de creatividad. Me parece increíble que algo así pueda pasar. ¿Vosotros qué pensáis? ¿Habéis pasado por algo así o parecido? ¿Qué hicisteis?


- Teresa


domingo, 3 de septiembre de 2023

Bajo el agua

¡Hola! Ya se terminan las vacaciones y volvemos a las rutinas (qué ganas, os lo juro). Espero que hayáis tenido un buen verano, yo me lo he pasado muy bien. Os dejo aquí un relato corto, a ver qué os parece. 

¡Un abrazo!



Nunca había visto una concha tan bonita. Era rosa por un lado y parecía bañada en plata por el otro. Tenía vetas rugosas en forma de espiral y reflejaba con timidez los pocos rayos de sol que llegaban a través del agua. 

Sin dejar escapar ninguna burbuja, me hundí más y extendí la mano para recoger la concha. Algo se movió a mi lado. En mitad del banco de arena, entre unas rocas bien colocadas, dos ojos me miraban.

Tardé un poco en darme cuenta de que la roca del centro no era una roca, sino el cuerpo de un pulpo pequeño que había decidido construir allí su casa. Había colocado rocas alrededor de su madriguera y recolectado conchas para cerrar la entrada. Esa concha que yo quería, la rosa y plateada, bien podría haber sido la puerta del jardín de entrada.

Retiré la mano y observé al pulpo con cuidado de no espantarlo. Su piel parecía tan rugosa como las rocas que lo rodeaban, pero estaba segura de que, si lo tocaba, la textura sería totalmente distinta a la que me imaginaba. 

Él también me miraba. Parecía tranquilo. Expulsaba agua por el sifón de manera rítmica y me miraba fijamente con su pupila rectangular. ¿Qué estaría pensando? ¿Sería esa también su concha favorita? Todas las que tenía alrededor eran muy bonitas, ¿las elegía con criterio o era casualidad?

Noté un toque en la pierna y me giré para observar a mi chico buceando en el agua. Me sonreía y hacía señas para que viera a un pez multicolor que nadaba a mi espalda. Cómo le quería. Sonreí y se me escaparon unas burbujas por la nariz. Me acerqué a él y buceamos juntos un poco más, lejos del pulpo y de sus conchas. 

Antes de salir del agua, miré atrás y vi que el pulpo desplegaba un tentáculo para recoger la concha con cuidado y traerla hacía sí. La sostenía con delicadeza; lo suficientemente fuerte para que no se cayera pero lo bastante suave para no romperla. Las cosas bonitas quizá se encuentren por casualidad, pero elegir algo y cuidarlo es un acto totalmente voluntario. Una concha, una persona, un baño de plata, una sonrisa entusiasmada… 

Salimos del agua y el silencio submarino estalló en salpicaduras y bocanadas de aire. 

        -¿Lo has visto?- me preguntó emocionado. Tenía un poco de agua dentro de las gafas de buceo y             movía los brazos en círculos para flotar en la superficie.

Yo no podía dejar de sonreír. 

Claro que lo había visto. Y todavía lo veía. Justo ahí. Mejor que nunca.


-Teresa 

martes, 30 de mayo de 2023

Lo que he estado escribiendo fuera del blog

¡Hola, hola!

Durante los últimos dos meses he estado ocupada con un proyecto fuera del blog y, ahora que está terminado, me gustaría enseñároslo: se trata de un libro.


El título es "La gema perdida" y consta de dos partes. La primera, como podéis ver en las fotos de aquí arriba, ya está encuadernada y lista para leer, y la segunda todavía la estoy editando. 

El libro no está publicado ni disponible para la lectura pública, simplemente lo he llevado a la imprenta y he encargado una única copia para casa. De momento no tengo ningún interés en intentar llevarlo a una editorial o publicarlo digitalmente. Aunque estoy muy orgullosa del resultado y sí que me gustaría compartir esta historia con vosotros algún día, publicarla no es mi prioridad ahora mismo.

No es que la historia sea un secreto ni nada de eso, lo que pasa es que esta historia no la concebí como algo para el mundo, sino como un regalo para un ser querido. Es un regalo de cumpleaños para mi pareja (llamémosle C), que está esforzándose mucho para aprender español. Pensé que algo así podría ayudarle. Ha intentado leer otras cosas en español, pero o le parecen muy difíciles o muy aburridas, así que decidí escribirle yo un libro con dificultad y temática personalizadas. A él le encanta leer fantasía y a mí me encanta escribirla, así que no tuve que darle muchas vueltas jajaja (lo raro es que no se me ocurriera antes hacer esto). 


Sobre "La gema perdida":

martes, 11 de abril de 2023

Reto 5 líneas: enero y febrero

¡Hola! 

Durante el mes de marzo he estado un poco ausente y, para ser honesta, lo mismo va a ocurrir en abril. Estoy escribiendo algo que necesita toda mi atención y energía, así que no me quedan más palabras para otros relatos jajaja. Aun así, me gustaría enseñaros lo que escribí hace unas semanas para el reto 5 líneas.

Contexto: empecé a participar en este reto en marzo, pero me gustaría completar el año entero así que decidí escribir los microrrelatos correspondientes a enero y febrero también; así al acabar el año los tendré todos :)  Aquí están:


Enero: Prefieres, cerillas y compañeros


一Escucha, esto no es un impulso, es una revelación. Después de tanto tiempo trabajando y exprimiendonos los sesos para sacar hasta la última gota de ideas y conocimiento… de repente, lo veo claro: lo que hemos creado no es una obra de arte, es un monstruo de Frankenstein. Y, dime, ¿qué prefieres? ¿Quemarlo ahora o esperar a que nuestros compañeros vengan a lincharnos por el? 


Damián suspiró. 

一 Cállate y pasa las cerillas.


***


Febrero: Conocimientos, temblor y quiero


‘Por favor, ayúdame’, suplica el herido desde el suelo. De verdad que quiero ayudarle, de verdad que quiero obrar un milagro y salvarle la vida, pero no tengo ni los conocimientos ni las habilidades para esto. Los coches iban demasiado rápido, el choque había sido fatal; y el hospital más cercano está a una hora por carretera. ‘La ambulancia está de camino’, respondo. Un temblor le recorre el cuerpo; la ayuda no llegará a tiempo. 




Volveré con el microrrelato de abril en un par de semanas.

¡Hasta pronto!




-Teresa

viernes, 17 de marzo de 2023

Lección de magia

  ¡Hola! Durante los últimos días he estado debatiéndome sobre si publicar esta historia o no. Supongo que esos miedos de los que hablaba en la sección "Sobre mí" estaban atacando de nuevo. Tengo que recordarme a mí misma que lo que escribo no tiene que ser perfecto, solo tiene que existir y servirme para pasar un buen rato. Disfruté de escribir este relato, así que aquí está. Espero que os guste :)

¡Un abrazo!


-Esto es una pérdida de tiempo- resopló Erin.

La aprendiz dejó caer el ramillete de hojas secas sobre la mesa y se quitó la venda de los ojos. Se encontraba en el aula de pociones y encantos; la cual actuaba a la vez de biblioteca, almacén, cafetería y despacho. A decir verdad, el nombre ‘aula’ le venía por el cartel de madera que colgaba sobre la puerta; si no lo hubieran colocado ahí, probablemente estaríamos hablando de un cuarto de la limpieza hasta arriba de artefactos extraños, libros y probetas. 

-¿De qué me sirve esto?- le preguntó a su maestro.

El anciano estaba sentado sobre una pila de libros y documentos arrugados, con una taza humeante de té entre las manos y un libro abierto flotando delante de él. Según terminaba una página, pasaba a la siguiente con un breve movimiento de cabeza. El hombre ni se inmutó ante las quejas de su alumna; eran demasiado frecuentes como para sobresaltarlo. Sin apartar la vista de su libro ni alterar la voz, se limitó a contestar con una cortesía punzante:

-¿Aprender a concentrar la humedad que hay en el ambiente para rehidratar un cuerpo material y devolverlo a su estado primero no le parece lo suficientemente interesante, señorita?

Erin se mordió el labio. Pues claro que le parecía interesante, se le ocurrían varias aplicaciones super útiles para este hechizo. Adiós a los bizcochos resecos del almuerzo y a las riñas de su madre por no regar las plantas, por ejemplo. Oh y a la piel seca y tirante después de una ducha bien caliente. Bueno, y podría ayudar a los curanderos a estabilizar pacientes con deshidratación severa, claro, también lo había pensado. Pero dejando todo eso a un lado, había otro hechizo que le corría más prisa aprender, y su maestro no soltaba prenda. Llevaba tres días intentando averiguarlo sin que pareciera demasiado obvio.

lunes, 6 de marzo de 2023

De la idea a las palabras 2: Cuando toca usar palabras


Durante mis años en la carrera leí La hermenéutica y la cortedad del decir, de José Ángel Valente, y me hizo pensar mucho en las palabras que elegimos para transmitir un mensaje y en por qué elegimos esas en concreto y no otras. Escribir se trata de despertar los sentidos del lector; de crear imágenes y aludir a memorias con un signo: la palabra. Valente explica que utilizar palabras para transmitir nuestra visión del mundo puede resultar en un intento en vano, porque las palabras que elegimos pueden despertar memorias y emociones distintas en diferentes lectores. Sin ir más lejos, ¿qué te viene a la mente cuando menciono la palabra "amistad"? La respuesta es que depende de tus pasadas experiencias en torno a este tema.

Es decir, lo que Valente intenta explicar es que, en el mundo literario, el significado de las palabras va más allá de la mera definición del diccionario. Las palabras portan connotaciones subjetivas y un peso que les damos según nuestras experiencias y memorias, por lo que se vuelven demasiado abstractas para el gusto del autor.


A esto lo llama la ‘cortedad del decir’, el límite de las palabras. Como filóloga, este tema me encantó. Me pareció super interesante estudiarlo y reflexionar. Pero como escritora, lo odié. Recuerdo agobiarme mucho al pensar que nadie va a percibir nunca con exactitud  lo que yo intento transmitir. En esa época, yo todo lo que quería era ser comprendida, y me encontré con este señor en clase de filosofía aplicada a la literatura que me decía que eso no era posible… 


Hoy en día, tras años de pensar en la ‘cortedad del decir’, opino que la belleza de la escritura reside precisamente en que cada lector puede sacar algo distinto del texto y tener su propia interpretación de la obra. A veces aún me abruma pensar en el límite de las palabras, pero lo que hago es dar un paso atrás, respirar hondo, y recordarme a mí misma que la mejor manera de plasmar una historia sobre papel no es pensar demasiado en qué palabras son las más adecuadas, sino relajarse y dejar que sean ellas las que fluyan solas, sin presionarlas. Un poco de intuición no va mal. Al fin y al cabo, somos escritores, somos cuentistas; el arte de hilar palabras lo llevamos en las venas. 


¿Vosotros qué opináis? ¿Sentís a veces que os faltan palabras para transmitir todo lo que queréis? 


-Teresa

viernes, 3 de marzo de 2023

Reto de escritura 5 líneas: Marzo

Este es un reto creado por Adella Brac. Consiste en escribir un microrrelato de cinco líneas con las tres palabras que ella propone en su web cada mes.
Para conocer todos los detalles, solo tenéis que hacer click en la imagen y os dirigirá directamente a su web. Si no funciona el link, decídmelo en los comentarios y lo arreglaré :)


 Estas son las tres palabras de marzo:
Volumen, miradas y cuaderno

Evan eligió una mesa, pidió un café y sacó el cuaderno de la bolsa. Había soñado con esos ojos otra vez, y no podía quitárselos de la cabeza. Subió el volumen de la música y comenzó a dibujar, inmerso en esos ojos, hasta que se encontró a sí mismo intercambiando miradas con una joven que lo observaba desde el papel. ¿Quién eres?, susurró. La chica frunció el ceño y emborronó el dibujo. Deja de buscarme, respondió.


-Teresa

 

lunes, 27 de febrero de 2023

El que puso las estrellas ahí arriba

¡Hola! Aquí tenéis un relato nuevo. El original lo escribí en inglés, así que me parece justo publicar las dos versiones. Me expreso un pelín distinto en estos dos idiomas así que hay palabras u oraciones que varían un poco, pero en general es lo mismo. Si no sabes inglés, no te pierdes nada. Y si sabes, quizá te puedas entretener un momento buscando las pequeñas diferencias jajaja. Sea como sea, espero que os guste la historia :)




El que puso las estrellas ahí arriba

Hubo una vez un hombre que vivía en lo alto de una colina, en una cabaña pequeña junto a un árbol muerto. No tenía nombre, no lo necesitaba; habían pasado siglos desde que alguien lo llamaba. 

Ese hombre estaba a cargo de las estrellas. Las guardaba todas en un armario de madera, ordenadas por brillo y tamaño en distintas bolsas de tela. Cada vez que el sol comenzaba a descender, él cargaba las bolsas en su carretilla y las empujaba hasta la cima de la siguiente colina; esa era más alta que la suya, y era perfecta para la tarea. Entonces, esperaba, y cuando el sol rozaba el horizonte y el cielo ya no podía sostener más colores, el hombre abría las bolsas y comenzaba a trabajar. Cuando el día y la noche se hacían uno, en ese momento sin tiempo, el hombre colgaba las estrellas con cuidado, una a una, dibujando formas en el cielo mientras silbaba una vieja canción para saludar a la luna. “Aquí tienes, mi amor; te dije que no estarías sola allí arriba. No mientras yo siga en pie”.  Y ella salía a darle las gracias con caricias suaves de luz de plata. Él sonreía y continuaba manos a la obra. 

Y en la distancia, aunque nadie podía verlo, la luna lloraba. Echaba de menos esos tiempos en los que el árbol seguía vivo y ella estaba ahí abajo, capaz de utilizar el nombre de su amado y acariciarle la cara con las manos.


***


The one who put the stars up there

There was a man who lived on the top of a hill, in a small shack next to a dead tree. He didn’t have a name, he didn’t need it; it had been centuries since someone had called him. 

He was in charge of the stars. He kept them in a cupboard, classified by brightness and size in different fabric bags. Each time the sun started setting, he put those bags in a wheelbarrow and hauled it to the top of the next hill; it was a bit higher than his own. Then he waited, and when the sky couldn’t hold more colours, he opened the bags and started working. When day and night became one, in that time with no time, the man hung carefully the stars, one by one, drawing shapes in the sky while whistling an old song to greet the moon. ‘Here you go, my love, I told you it wouldn’t be so lonely up there. Not on my watch’. And the moon came out and thanked him with a caress of silver light. He smiled.

And no one could see it, she was too far away, but the moon was crying. She missed that time when the tree was still alive and she was down there, free to call out her lover’s name.


- Teresa

domingo, 19 de febrero de 2023

De la idea a las palabras 1: Cuando todo encaja


Tengo ideas todo el tiempo. Tengo una mente activa y me alegro de ello, pero de estar tanto en las nubes a veces surgen otros problemas: ¿Cómo puedo anotar todo esto sobre papel? ¿Cómo sé si he encontrado las palabras adecuadas?

Cuando tengo una idea que quiero desarrollar, suelo abrir un documento en Word o voy a por mi libreta si me apetece escribir a mano. Empiezo a tomar notas e intento estructurar la trama, pero cuando la idea es tan joven siempre se me descontrola. Más ideas llegan conforme escribo y me vuelvo loca apuntando nombres, haciendo garabatos y escribiendo párrafos y oraciones aisladas. Mi cerebro va tan rápido que soy incapaz de escribir algo coherente, y al final acabo con documentos llenos de fragmentos inconexos, de frases que parecen importantes pero que no ocupan ningún lugar en el texto, de dibujos y de palabras clave que solo yo entiendo y de notas sobre el contexto que, más que ayudar, desorientan. Obviamente, toda esta maraña de ideas acaba en un rincón apartado y, aunque no me olvido de ella por completo, dejo de darle más vueltas durante un tiempo.


Hasta que un día me da por abrir el documento de nuevo y, de repente, todo encaja. Sí, como por arte de magia. De repente, todo tiene sentido y mi mente es capaz de organizar todas las notas y disparates que escribí en su momento. De repente, todo deja de ser un misterio y la idea ya no es una maraña sino una imagen bien clara. Por fin siento que puedo trabajar de verdad en ella, y es entonces cuando toca ponerla sobre papel con palabras. Este suele ser el siguiente reto que tengo que superar… pero hablaré de ello en la próxima entrada.


Mientras tanto, ¿os pasa algo parecido con las ideas o conseguís domesticarlas desde el principio? ¿Habéis experimentado ese “click” que sucede como por arte de magia? Me gustaría oír cuál es vuestra experiencia en este tema.


-Teresa

miércoles, 15 de febrero de 2023

Insania

(#8 Archivo del blog)

¡Hola! Este relato corto es de lo más reciente que tengo. Lo escribí hace seis años, pero siempre he vuelto a él para hacer pequeños retoques. La intención de este relato es cien por ciento volcarme en el ritmo de las palabras. Es un elemento de la escritura que me fascina y una habilidad que quiero desarrollar más, así que estoy segura de que volveré de nuevo a este relato o que escribiré más textos con esta idea. Mientras tanto, espero que este os guste. Y si tenéis tiempo, dejadme saber en los comentarios vuestra opinión sobre el ritmo de las palabras :) ¿Qué sentís cuando leéis la historia en voz alta?



Corre a través del bosque. La persigue una bestia. Tropieza con las ramas, se araña los pies, le sangran; va descalza. Un golpe en la cabeza, otro en la rodilla, se cae, se levanta, sigue corriendo. Pero no siente dolor por las heridas, solo es consciente de los latidos de su corazón, que bombea desenfrenado, y de su respiración fuerte, pesada, agitada, descoordinada. Se ahoga.

Oye ruidos tras ella. La bestia se acerca. Mira de un lado a otro desesperada y acelera para alejarse de esas sombras que ya casi la atrapan. Avanza. Aparta una rama, se rasga el vestido, lanza miradas por encima del hombro; pero el bosque se hace más espeso y las zarzas le impiden continuar. La bestia está cerca, ya ve el brillo de sus ojos entre las ramas. La joven cambia de dirección y sigue corriendo. De repente, el mundo se acaba. Un precipicio la obliga a frenar. La bestia está aquí. Ella jadea, su pulso se dispara, tantea el suelo con los pies. Oye un crujido a su espalda, hincha el pecho con fuerza y salta.

¾¡No!¾ grita su padre mientras atraviesa los últimos arbustos. Se lanza hacia delante y consigue rozar a su hija con la punta de los dedos, pero se le escapa. A la luz de las antorchas, pierde de vista el cuerpo de su hija, y el hombre grita hasta que siente sangre en la garganta. El resto de la partida llega también; dos compañeros lo agarran por miedo a que siga a la niña, los demás guardan silencio con velas y antorchas en las manos.

Un soplo de viento llega desde el mar y apaga las llamas, dejando tan solo un hilo de humo que se enrosca sobre sí mismo y escala hacia el cielo. Pronto desaparecerá, y la noche volverá a la calma.


-Teresa

miércoles, 8 de febrero de 2023

Cuando el espectáculo acaba

(#7 Archivo del blog)

Siempre me ha fascinado la magia. Las historias de magia me dan esperanza. Todo es posible en ellas, y eso me encanta. De pequeña solo leía fantasía; y no tardé en empezar a escribirla también. A veces me desanimo un poco y pienso que no tiene sentido insistir en seguir escribiendo, pero cuando analizo mejor esos pensamientos me doy cuenta de que son solo inseguridades. Miedos. Al leer este relato he recordado la seguridad que tenía en mí misma cuando lo escribí, y eso me ha dado confianza. Creo que hice un buen trabajo en su momento con esta historia, y sé que puedo hacerlo mejor en el futuro. 

Espero que os guste. Un abrazo :)


Miles de pares de ojos miraban con atención el escenario. Un silencio cargado de tensión recorría las gradas mientras todos contenían la respiración y aguardaban, levemente inclinados hacia adelante, a que ocurriera algo.

El mago Oravla estaba de pie en el centro del escenario, rodeado por seis voluntarios que había escogido entre el público. Los focos lo apuntaban directamente, acosándolo con su potente luz dorada, apremiándolo para que mostrara a todos la magia.

El joven tenía los brazos extendidos en cruz y la cabeza inclinada hacia el suelo, con el gorro de copa resbalando sobre su fino pelo castaño. Tenía los ojos cerrados y respiraba con lentitud. Estuvo así durante cinco minutos, saboreando la tensión del ambiente; y de repente, ante los ojos inocentes de todos los presentes, sus pies comenzaron a separarse del suelo. Milímetro a milímetro, el mago se elevaba. 

Las gradas enmudecieron ante el espectáculo y se escucharon exclamaciones ahogadas al fondo. El mago Oravla levitaba a dos metros de altura. Sólo cuando levantó la cabeza y miró con expresión triunfante al público se rompió el silencio en mil pedazos. Los aplausos hicieron retumbar las paredes, los silbidos atravesaron los tímpanos de todos los presentes y no quedó ni una sola persona sentada. Se levantaron y aclamaron al joven mago, quien descendió de nuevo al suelo lentamente y dio las gracias a los seis voluntarios que seguían mirándolo como atontados, sin poder pronunciar una sola palabra coherente. 

No había sido una ilusión, ellos mismos habían comprobado antes que no había cables de por medio. Tenía que ser magia de verdad. Pero por otro lado, ¿magia de verdad? No, debía ser un truco, uno muy bueno. 

Los vítores continuaron durante un largo rato que el mago aprovechó para saludar repetidamente a todos. Agitó los brazos en el aire, señaló a sus voluntarios para que recibieran aplausos también por su colaboración y, cuando el público comenzó a calmarse, dio las gracias en voz en grito.

El espectáculo había sido un éxito, como siempre. 

***

Mientras se cambiaba de ropa, su manager entró.

jueves, 17 de noviembre de 2022

Superviviente

(#6 Archivo del blog)

Me gusta el ritmo que le di a este relato, creo que hice un buen trabajo. Me alegro de que este texto vuelva a estar en el blog ^.^ El ritmo de la historia y la musicalidad de las palabras son dos aspectos de la escritura que, además de ir ligados, me interesan mucho, así que seguiré trabajando en ellos. ¡Todavía tengo mucho que aprender!
Espero que disfrutéis del relato. Un abrazo :)



Era una noche oscura; la luna se escondía detrás de las nubes y muy pocas estrellas se atrevían a brillar. Una suave brisa recorría los alrededores del poblado en busca de supervivientes. 

Después de ver a los bárbaros asesinar a su marido, Leia agarró a sus dos hijos y tiró de ellos hacia la parte de atrás de la casa. Abrió la puerta trasera y miró a ambos lados para asegurar el paso; luego salió con sigilo e hizo una señal para que la siguieran. Se escuchaban espadas y el crepitar del fuego en las calles. Los gritos se perdían en el cielo y la tierra apestaba a humo y sangre. Kael y Eiden caminaban nerviosos; contuvieron la respiración por miedo a ser descubiertos y rezaron por que los latidos de su corazón no fueran tan ruidosos como los sentían. Casi habían salido del poblado cuando un hombre apareció corriendo en su dirección. Era Dorcas, su vecino. Leia estaba levantando la mano para indicarle que se acercara a ellos cuando el hombre se detuvo en seco. Los niños ahogaron un grito y el cuerpo de Leia se tensó. Dieron un paso atrás mientras el cuerpo de Dorcas caía inerte al suelo por un hachazo en la espalda. 

-Corred- ordenó la madre. 

El bárbaro que había lanzado el hacha los observaba desde el otro extremo de la calle, esbozando una sonrisa mientras desenfundaba dos cuchillos. Les dio tres segundos de ventaja y luego empezó a perseguirlos. Iba a darles caza. Eiden y Kael eran rápidos y ganaron distancia, ya casi habían alcanzado el bosque cuando las faldas de Leia la hicieron tropezar y cayó al suelo.

-¡Mamá!- el pequeño Eiden quiso retroceder, pero una mano lo detuvo- La va a coger, Kael, ¡hay que ayudarla!- gritó mientras luchaba por zafarse del agarre de su hermano. 
-¡Que corráis!- dijo Leia poniéndose en pie- Poneos a salvo, por favor- suplicó. 

Miró a sus niños con cariño sabiendo que sería la última vez y dio media vuelta. Cara a cara contra el bárbaro.

-¡No! Mamá no te vayas, corre hacia aquí- suplicaba el pequeño entre lágrimas- ¡Mamá!

Pese a que era más grande que Eiden, Kael tuvo que utilizar todas sus fuerzas para retenerlo. Tenía que arrastrarlo hacia el bosque, tenían que irse de allí. Soportó golpes, arañazos e insultos, pero no pudo moverlo ni dos metros. 

Y, de repente, el mundo se hizo pedazos. 

martes, 8 de noviembre de 2022

Madre luna

(#5 Archivo del blog)

Este relato se me ocurrió paseando con mi perrita en una tarde nublada de invierno. Iba sola, así que tuve tiempo de pensar en los detalles. Estuve - y estoy- orgullosa del resultado, creo que hice un buen trabajo (aunque siempre se pueda mejorar, por supuesto). Me hizo especial ilusión que un grupo de estudiantes encontró esta historia e hizo un montaje para su emisora de radio escolar. Leyeron la historia en voz alta y añadieron música y efectos especiales; hicieron un gran trabajo y me dieron una sorpresa maravillosa. 



Eran las seis menos diez de la tarde, y Kim no tenía nada que hacer. 

<<Vas a salir??>>, tecleó en el móvil.

<<No, estoy en Sariñena, quedamos mañana??>>, respondió Sonia al cabo de un rato.

No es lo que Kim esperaba oír, pero qué le iba a hacer... 

<<Vale>>, dijo.

Resopló y se dejó caer sobre el sofá. Julia y Pablo estaban entrenando a baloncesto, Nuria tenía que cuidar de su hermana pequeña, Edu estudiaba filosofía y Sonia había ido a Sariñena. Resumiendo: no quedaba nadie en el pueblo con quien salir a dar una vuelta. Resopló una vez más y dejó que su cuerpo se escurriera hacia abajo, con lo que consiguió colocar su cuello en una mala postura y que un calambre le recorriera la espalda. Se irguió molesta y se frotó la nuca. Vio el mando de la televisión delante de ella, pero cuando alargó la mano para cogerlo, una perrita blanca con manchas marrones apareció corriendo en el salón y apoyó el hocico en las rodillas de su dueña.

- Está bien, Luca- dijo Kim con una sonrisa tierna- Vamos a pasear.

Eran las seis de la tarde pero, al ser invierno, ya había oscurecido. La niebla absorbía las casas y apenas dejaba paso a la luz de las farolas. Luca tiró de la correa para meter prisa a Kim y ésta empezó a caminar. La calle estaba desierta. Pronto llegaron a la carretera, húmeda por la niebla, que marcaba la frontera. La cruzaron y caminaron unos metros hasta dar con un camino que se internaba entre los campos de cultivo. 

sábado, 5 de noviembre de 2022

La joven de capa roja

(#4 Archivo del antiguo blog) 
Aunque la idea de este relato sigue encantándome, casi me da vergüenza publicarlo tal y como está, jajaja. Siento que ahora podría narrar la historia mucho mejor, pero me he prometido ser honesta y no editar ninguno de los relatos que estaban en el otro blog; al fin y al cabo, lo hice lo mejor que pude en su día, y siempre puedo reescribir el relato. De hecho, reescribiré este en algún momento y volveré a publicarlo. Será bonito tener las dos versiones disponibles para compararlas y ver mi avance como escritora.

En medio del bosque hay una casa cuya chimenea siempre humea. No es difícil llegar a ella, pero el camino es largo y nadie se acerca a visitarla. Dentro vivió una joven que ahora ya es anciana, y en este momento la encontramos recostada en un sillón de la sala de estar, cerca del fuego para que el cuerpo le deje de temblar. Sin embargo, no es el frío de otoño lo que la altera.

-Hola, abuelita- saluda una voz cantarina.

La mujer se sobresalta y se gira con miedo hacia la puerta de entrada, donde encuentra a su nieta de pelo negro y capa roja con una cesta de mimbre en la mano. No ha oído la puerta al abrirse.

-Hola, Caperu- responde con voz vacilante- ¿Qué tal estás?

La joven adolescente se quita la capucha ignorando la pregunta. Se acerca hasta el sillón y apoya la cesta en la mesa baja que hay frente a su abuela.


-Te he traído comida- explica levantando una de las tapas de la cesta para sacar algo-, abuelita- añade con retintín.

La anciana mira con desconfianza el paquete que su nieta sujeta en la mano. Cuando ésta aparta el envoltorio, ve que se trata de tres apetitosas galletas y su boca comienza a salivar. Pero por muy deliciosas que parezcan no se atreve a coger ninguna, sino que mira de reojo a la joven.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Perspectiva

(#3 Archivo del antiguo blog)

Recuerdo escribir este relato en mitad de un arrebato de gratitud y esperanza y eso me ha hecho sonreír. No iba a añadir este texto al archivo pero, al pensar en mi yo de 17 años creyendo tanto en sí (¿mí?) misma, he cambiado de opinión. Espero que al leerlo os traiga algo bueno a vosotros también.

***

Pasó la vida quejándose.

Se lamentaba cada vez que las cosas se torcían y se enfadaba con el mundo por no portarse con justicia. “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, preguntaba una y otra vez. Caminaba con la cabeza gacha, la ira a flor de piel y las lágrimas preparadas.

Cada noche, antes de acostarse, repasaba su vida. Y entonces recordaba cuando de niño se raspó ambas rodillas al caer de la bici; lesión que le impidió andar con comodidad por un tiempo. También se acordaba de cuando lo dejó su primera novia, de cuando falleció su abuela, de las tardes estudiando sin levantar cabeza, de esa vez que perdió el tren o de esas otras dos ocasiones en las que se equivocó de autobús, y de cuando su querido perro murió.

La vida es un asco”, sentenció, “La muerte será un descanso de tanto sufrimiento”.

Y cuando comprendió que su hora al fin llegaba, cerró los ojos y se dejó llevar. Una pena que reaccionara tan rápido, porque si hubiera esperado unos instantes más, tal vez habría podido ver pasar las escenas de su vida:

La euforia que sentía al llevar por primera vez una bici sin ruedecillas. El orgullo al enseñar a sus amigos las marcas en las rodillas que demostraban su valor, pues fue el primero en aprender a ir en bici de dos ruedas. La calidez en el estómago al ver sonreír a la chica que le gustaba. Los latidos acelerados y palmas sudorosas ante el primer beso. Las tardes paseando bajo el cálido sol con su abuela, quien siempre le alegraba con sus historias y las meriendas que sacaba del bolso. La satisfacción al ver que estudiar duro había valido la pena. La chica tan simpática que conoció al tener que subirse en el siguiente tren. Y del amor por su perro, que siempre le había hecho compañía y al que siempre confiaba sus secretos.

Si no se hubiera dejado consumir por la visión negra de la vida, no habría tenido tanta prisa por cerrar los ojos; y tal vez habría podido comprender que estaba equivocado. 

Porque estar vivo es fantástico.


-Teresa


martes, 1 de noviembre de 2022

La campanilla de viento

(#2 Archivo antiguo del blog)

No me acordaba de lo adolescente que estaba cuando escribí este relato jajaja, aunque sinceramente todo esto no viene de un enamoramiento ni nada, viene de una película de anime que vi y me encantó. Se llama Hotarubi no mori e, por si os interesa, y es maravillosa.

***


Una suave brisa entra por la ventana y el tintineo de la campanilla de viento me despierta. Sonrío.

Unos días antes…

Laia me había invitado a pasar un fin de semana en casa de sus abuelos, junto al lago Weiton, para ir juntas al festival de verano, y después de una semana de trabajo duro para convencer a mis padres de que me dejaran ir, pude llamarla y aceptar su propuesta. Cinco días después, estaba en la estación con Laia y las maletas para ir en tren hasta Cominville; allí nos recogería su abuelo.

Estuvimos hablando mucho rato, pero a mitad de camino nos quedamos dormidas. Cuando me desperté, Laia no estaba a mi lado, sólo nuestras dos maletas reservando el sitio. Miré extrañada a ambos lados del vagón, pero como no la vi, decidí ir a buscarla. Crucé tres vagones sin ver rastro de ella, y al cuarto entré tan rápido que choque con la persona que estaba de pie al otro lado. Del susto di un paso atrás y tropecé. Me hubiera caído si él no me hubiera sujetado. Era alto, de pelo castaño y ojos oscuros. Su ropa tenía pinta de ser cara, así que debía ser algún niño rico. Bueno, de niño nada, porque era más alto que yo.

lunes, 31 de octubre de 2022

A veces me preguntan por qué escribo fantasía

(#1 Archivo antiguo del blog)
Este fue el primer relato que publiqué y también es el favorito de mi madre, así que me parece justo que también sea el primero en aparecer aquí.

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A veces me preguntan por qué escribo fantasía. Me limito a decir “porque me gusta”, ya que sé que si les respondiera explicándoles la auténtica razón no la entenderían nunca.

Me gusta escribir fantasía, eso es cierto, pero el gusto va más allá de simples mundos imaginarios y criaturas fantásticas. No se trata de dar nombres extraños a los personajes ni de inventar nuevos objetos o conjuros. Cuando escribo fantasía hablo de estas cosas y muchas más, pero no se trata de esto; no. Para entenderlo voy a tener que dar un rodeo:

Cuando era niña imaginaba que las rayas blancas de un paso de cebra formaban un puente, y que el asfalto era un oscuro abismo en el que vivía un monstruo come pies. También creía que los agujeros que veía en el monte eran las madrigueras de los Chompins, unos seres que yo misma imaginé. Mis amigas y yo jugábamos a tener mascotas con súper poderes, y la mía siempre era un perro que daba saltos de cincuenta metros y que tenía muchísima fuerza. Cada noche, mi madre intentaba leerme un cuento, pero en realidad prefería inventármelo yo misma y ser la que lo contase. Donde había un charco, yo veía una atracción acuática. Cuando salía a buscar caracoles después de una tarde de lluvia me sentía como una pequeña Indiana Jones.