Esta vez os traigo un relato corto que he escrito hace poco y al que mi hermana me ha ayudado a dar el visto bueno. Decidme en los comentarios qué os parece.
El mundo es un lugar peligroso, y creo que en esto podemos estar todos de acuerdo. No hay que hacer nada más que encender la televisión o entrar en alguna red para ver los horrores que muestran las noticias: bombas, tiroteos, crisis, atracos, vandalismo, contaminación, accidentes, abusos de poder, asaltos en las calles… La lista no tiene fin. Hay muerte y miseria por todas partes, hasta donde menos te lo esperas. Y es precisamente ese factor sorpresa lo que más me aterra, porque significa que podría ocurrir cualquier cosa en cualquier sitio, incluso en este barrio que todo el mundo afirma que es tan seguro. Por eso, mi mujer y yo no salimos de casa.
Fue fácil quitarse de encima a los vecinos, solo tuve que mostrarme arisco y rechazar todos sus planes durante un par de semanas y no tardaron en dejarnos en paz. La familia, en cambio, fue más difícil de alejar; sobre todo la de ella. No dejaban de llamar al teléfono, de enviar mensajes, de mandar postales invitándonos a comidas familiares… ¿Quién manda postales hoy en día? Nosotros ignoramos todo pero, aun así, cuando las llamadas pararon y los mensajes disminuyeron, cuando creía que por fin habían desistido, su hermana viajó hasta aquí para plantarse en la puerta de casa.



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