miércoles, 30 de septiembre de 2026

Quédate en casa

 ¡Hola! Esta vez os traigo un relato corto que he escrito hace poco y al que mi hermana me ha ayudado a dar el visto bueno. Decidme en los comentarios qué os parece.


El mundo es un lugar peligroso, y creo que en esto podemos estar todos de acuerdo. No hay que hacer nada más que encender la televisión o entrar en alguna red para ver los horrores que muestran las noticias: bombas, tiroteos, crisis, atracos, vandalismo, contaminación, accidentes, abusos de poder, asaltos en las calles… La lista no tiene fin. Hay muerte y miseria por todas partes, hasta donde menos te lo esperas. Y es precisamente ese factor sorpresa lo que más me aterra, porque significa que podría ocurrir cualquier cosa en cualquier sitio, incluso en este barrio que todo el mundo afirma que es tan seguro. Por eso, mi mujer y yo no salimos de casa.

Fue fácil quitarse de encima a los vecinos, solo tuve que mostrarme arisco y rechazar todos sus planes durante un par de semanas y no tardaron en dejarnos en paz. La familia, en cambio, fue más difícil de alejar; sobre todo la de ella. No dejaban de llamar al teléfono, de enviar mensajes, de mandar postales invitándonos a comidas familiares… ¿Quién manda postales hoy en día? Nosotros ignoramos todo pero, aun así, cuando las llamadas pararon y los mensajes disminuyeron, cuando creía que por fin habían desistido, su hermana viajó hasta aquí para plantarse en la puerta de casa.

No me lo podía creer. Insistió durante tres eternas horas. O quizá más. Rodeó la casa, pisó los arbustos para intentar mirar por las ventanas y apretó el timbre sin parar. Por cada timbrazo, gritó el nombre de mi mujer tres veces. “¡Alicia, Alicia, Alicia!”. Qué pesada.  Y con cada grito suyo, mi mujer, que estaba sentada al pie de las escaleras, se agitaba más. La vi abrazarse las rodillas y morderse el labio; no estaba hecha para soportar tanta presión. 

─ Quizá solo quiere decir hola─ susurró ansiosa. ─ Si abro un momento la puerta…

             Yo negué con la cabeza para quitarle la idea, pero su hermana siguió insistiendo:

 ─ Alicia, ¿estás ahí? Por favor, responde. Hace mucho que no sé nada de ti, solo quiero asegurarme de que estás bien. Podríamos ir a por un café y hablar un rato.

Mi mujer se levantó con las manos temblorosas e hizo ademán de acercarse a la puerta, pero yo la agarré a tiempo de los hombros y la ayudé a sentarse de nuevo. 

─ Es un truco, Alicia. ¿Es que no te das cuenta?, quiere sacarte de casa ─susurré asustado­.

Intenté que me escuchara, pero los timbrazos continuaban y la voz de su hermana parecía haberla hipnotizado. 

─ Le diremos que pase ─dijo mi mujer.─ Hablaremos en la cocina y así se quedará tranquila, creo qu-

Le tapé la boca con la palma de mi mano; estaba hablando demasiado alto y si su hermana oía algo no se iría nunca.

─Escucha, Alicia ─susurré con calma,─ quiere convencerte para salir de casa, quiere ponerte en peligro, y eso no puedo permitirlo. Si atraviesas esa puerta, estás muerta, ¿lo entiendes?

Eso la hizo entrar en razón. Asintió con la cabeza y sus lágrimas de alivio por haber evitado el peligro empezaron a rodar hasta mi mano. Esperamos juntos al pie de la escalera, con ella entre mis brazos y mi mano sobre su boca para ayudarla a ahogar el llanto. Continuaba tensa por la insistencia del timbre, pero al fin, después de al menos otra hora, su hermana se fue. Nos levantamos despacio. Mi mujer tenía los ojos irritados y respiraba de forma entrecortada, así que le di un beso en la coronilla y le prometí que lo peor ya había pasado.

Pero cuánto me equivocaba; su hermana la había agitado más de lo que yo creía y la noche se convirtió en una pesadilla. Fue… Bueno, prefiero no hablar de ello. El caso es que, desde esa noche, mi mujer no ha parado de llorar. De noche guarda silencio, postrada en la cama con el pijama arrugado y el pelo revuelto, pero en cuanto se hace de día se levanta y me sigue por toda la casa, llorando y arrastrando los pies.

Al principio lo dejé pasar, pero tras varios días igual ya no pude aguantarlo más y le pedí que, por favor, me dejara al menos tener un momento de paz. Ahí fue cuando se enfadó; abrió los ojos con rabia y explotó: 

─ ¿Tú quieres paz? Eres un monstruo desalmado, no tienes ni pizca de compasión, no me puedo creer que…

Me sorprendió. Nunca me había gritado de esa manera y, sinceramente, dolió. Ella siguió despotricando: 

─ Estás mal, estás loco. La otra noche…

Entonces me di cuenta de por dónde iban los tiros y me alegré de poder aclararlo todo. Terminé su frase: 

─ Te salvé.

─ ¡Me mataste! ─gritó ella señalando hacia su cadáver tendido sobre la cama.

Aparté la mirada de esa escena tan grotesca. Siempre le había costado entender las cosas así que se lo expliqué intentando mantener la compostura: 

─ Ibas a marcharte. Ibas a salir de casa… Por Dios, Alicia, ¡llegaste hasta el porche! ─Admito que me alteré un poco al recordar lo que había pasado─. ¿Es que no lo entiendes? No son solo las bombas, los tiroteos y los asaltos que ocurren lejos de aquí; podrías haberte caído y golpeado la cabeza contra el bordillo, o podría haberte atropellado un coche al cruzar la calle. Podría haberte mordido un perro o atacado un vecino desequilibrado. ¡El mundo es peligroso!

Me miraba como si estuviera loco. No, como si yo le diera asco.

─ Me mataste… ─repitió en un murmuro lleno de resentimiento. Se le inundaron los ojos de lágrimas─. Me diste una muerte horrible…  

Suspiré un poco fastidiado por tener que seguir explicándolo todo: 

─ Era la única forma de que tu espíritu se quedara ligado a la casa.

Dio un paso atrás, dejó caer los hombros y me miró rendida. Parecía que por fin lo había entendido, porque no volvió a hablar. Buscó su reflejo en el espejo, pero no vio ninguno; dirigió la vista hacia su cadáver y se echó a llorar de nuevo. En fin…

Fui a sentarme en el sillón y encendí la televisión. El espíritu de mi mujer se arrastró hasta mi lado y tuve que subir el volumen de las noticias para cubrir su llanto. A mí me da igual que esté triste o enfadada conmigo, ya se le pasará. Yo estoy en paz porque sé que hice lo que era necesario para asegurarme de que a partir de ahora se queda en casa.


-Teresa

No hay comentarios:

Publicar un comentario